Me acuerdo de una noche el verano pasado, en el parque de Debod. Estaba sentada en un banco, con quién no viene al caso, y recuerdo que una chica se nos acercó, interrumpiendo claramente, para preguntarnos si queríamos comprarle un mechero Bic. Una chica normal, joven, con buena presencia, era algo raro. Entonces nos explicó que se iba a ir de interrail y que vendía mecheros para hacer algo de dinero. A mí me pareció tan original que me solidaricé, porque me recordó a mí, y le compré uno, mechero que sigo conservando en el cajón de mi escritorio como recuerdo, ya que ni fumaba por entonces ni fumo ahora, y no tengo intención de empezar a estas alturas de la vida. Lo que pensé fue que yo también tenía sueños, yo también quería irme de interrail, de hecho, ése tendría que haber sido el verano de mi interrail, el verano de mis dieciocho, porque una vez hice una promesa. Corrijo,
hicimos una promesa. Y por omisión ambos la incumplimos... pero esa historia tampoco viene al caso ahora.
Lo que me ha recordado a la chica de los mecheros es que estoy planeando mi interrail. Unos días lo veo seguro, otros no tanto, pero indudablemente ésta es la vez que más cerca estoy de hacer mi viaje soñado.
Quizás deba empezar a vender mecheros yo también.
Me gustan los veranos de colores, me gustan mis sueños aunque sean grises, como Berlín. Son la materialización de la juventud, la independencia, la libertad. Lo imposible hecho real.
Siento haber querido más a esas ideas que a ti. Siento perseguir mis sueños.
Siento que no soñáramos juntos.