Fue entonces cuando detuve mi mirada en tus labios, curvados, humeantes, exhalando suavemente blancas nubes de veneno, que dibujaban formas en su camino ascendente camufladas por la penumbra de la habitación.
Entre tu índice y corazón reposaba el cigarro, que, incandescente, proyectaba tenuemente sombras a lo largo de tu rostro. Tenías una imagen tétrica, sí, pero extrañamente apetecible.
A medida que el humo se iba diseminando y desaparecía por completo de tu boca, te acercabas el cigarrillo a los labios para aprisionarlo al mismo tiempo que le robabas el aliento. La llama se avivaba con furia, para volver a apaciguarse al separarse de ti, anhelando intensamente volver a rozarte.
Cuánto tiempo estuve contemplándote fumar... no podría decirlo. Sólo sé que cada vez me atrapabas más y más en el interminable ciclo de dar caladas. Me sentía totalmente enredada entre los hilos de humo que salía de tu boca, una y otra vez; aprisionada y atada incapaz de dejar de mirarte.
Qué sonrisa tan rara...
No hay comentarios:
Publicar un comentario