Ya nada me ata a Soria. Se ha ido y no volverá. Ya no me queda una mano que sostener, ni puedo corresponder sus apretones. Sólo tres claveles arrancados de una corona funeraria. De tus hijas y nietos, decía. Si es que parece que era ayer cuando me sentaba en tus rodillas y me cantabas las sanjuaneras, me llevabas al castillo de la mano por las interminables escaleras y me dabas un caramelo de esos de los tuyos, de café; no puedo creer que ya no vaya a verte más, sentada en tu sillón con un cojín en los riñones...
Te echo mucho de menos abuela.
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