me he hartado de saberme en una cama demasiado grande para mí sola y demasiado vacía para como estaba antes de despertar... me he cogido rabietas y pataletas porque no había conseguido sujetarte con tanta fuerza como para que te quedaras conmigo después del salto a la consciencia.
es que siempre me quedo con las ganas de terminar ese caminito que iba dibujando por tu espalda, no me da tiempo a emborracharme con tus sonrisas (la socarrona, la sincera, la dulce, hasta la nostálgica), ni a naufragar entre las sábanas, darte un último beso, o alargar más y más el penúltimo...
y como me había cansado de todo eso, decidí no volver a despertar. olvidarme del despertador y de toda clase de alarmas. descolgué el teléfono y marqué el número de Maléfica, para preguntarle por esa rueca con la que se pinchó Aurora, para dormir y no despertar jamás (mucho mejor que la dormidina, dónde va a parar?).
y así los sueños fueron sueños para siempre y las desilusiones se quedaron junto al despertador, sentadas en la estantería suspirando, deshojando los relojes como margaritas, mirándome plácidamente sonreír y respirar.
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